miércoles, 17 de diciembre de 2014

La Navidad no está en las tiendas

En la primera Navidad no había cosas, sólo estaba Jesús. En nuestras navidades hay infinidad de cosas...ojalá también esté Jesús.


Por: P. Mariano de Blas LC | Fuente: Catholic.net




La Navidad no está en el supermercado, ni en las tiendas de regalo.
Allí se encuentran miles de objetos, de cosas... pero no a Él.


En este tiempo cualquier tienda por necesidad tiene que estar adornada de motivos navideños y debe vender cualquier cosa que tenga que ver con la Navidad. Y todas las familias, sin excepción sienten el compromiso de comprar algo para adornar a su vez la propia casa: un árbol, un nacimiento, foquitos, estrellas, coronas etc.

El peligro de llenarse de objetos navideños y olvidad la Navidad es muy común. Hasta se puede brindar y gritar Feliz navidad y mantenerse por dentro bien triste. En la primera Navidad no había cosas, sólo estaba Jesús. En nuestras navidades hay infinidad de cosas, ojalá también esté Jesús. De lo contrario celebramos a un personaje famoso y el personaje no está invitado a nuestra fiesta.

Yo no estoy en contra de todo el folklore que se utiliza en estas fiestas. Personalmente disfruto viendo las casas adornadas, las calles iluminadas, los nacimientos, los arbolitos, Todo es bienvenido, pero con la condición de que Jesús, María y José estén invitados. Podría faltar el buey y el burro, pero no pueden faltar los tres personajes principales, sobre todo Jesús.

La Navidad está en una cueva de animales.
La Navidad se encuentra junto a dos personas muy humildes:
José y María.
La Navidad está en un pesebre,
Sobre unas pajas.
La Navidad es el Niño Jesús.


Si es verdad lo que santa Teresa decía, que quien tiene a Dios nada le falta, sólo Dios basta, en el primer portal estaba Dios, por lo tanto nada falta. Pero en mucho hogares hoy están todas las cosas necesarias para el goce de los sentidos, para el disfrute del cuerpo, no falta ni él árbol, ni los regálalos, las tarjetas de felicitación, ni el pavo, ni el vino, el turrón. Puede incluso estar el nacimiento y una de sus piezas de barro o porcelana es el niño Jesús. Pero en los corazones de los miembros de esa familia puede no estar Dios. Entonces La navidad de estas personas no es Navidad, sino una caricatura de la fiesta.

Sabemos si Dios está en un corazón si la persona ama a Dios, vive en gracia y amistad con Él, si ama a su prójimo, si acepta con docilidad su palabra y sus mandamientos. Está Dios en un corazón, aunque sea un pecador, si tiene la capacidad de arrepentirse y pedir perdón.

La Navidad es el Niño Jesús. Hay la costumbre en algunas casas de preparar todo el nacimiento unos días antes del 24 de diciembre, pero la cunita de la cueva está vacía, aún no nace Jesús. Podríamos decir que todo ese nacimiento, con decenas de figuras, con montañas, pastores y animales y ríos y casillos, no tiene sentido sino hasta que la figura principal, que por cierto es una muy pequeña, la de Jesús, es colocada en el pesebre. Algo parecido sucede en las almas. Hasta que Jesús no nace en el corazón de los hombres, no es todavía navidad, sino sólo una esperanza de la misma. Lo más importante no es nacimiento de los hogares, aunque es algo hermoso, sino el nacimiento dentro del corazón donde nace Dios. La cueva donde nacería Jesús no era sino eso, una cueva sucia y fea, abandonada. Aquel pesebre había servido solamente para depositar heno y que lo comieran los animales.

Pero el momento en que la Santísima Virgen colocó a su niño en aquel pesebre, éste se convirtió en el trono de Dios y la cueva en el cielo. Nuestra alma es una cueva como aquella sucia y fea hasta que Dios la habita. Nuestro pesebre, nuestro corazón es sólo un lugar para almacenar sentimientos más o menos buenos. Pero cuando Dios habita en él también nuestro corazón y nuestra alma se convierten en un cielo. Eso es la Navidad, el cielo en nuestra alma, Jesús en nuestro corazón.

Veinticuatro de diciembre:
Día de las últimas apresuradas compras,
Para tener todo a punto.


Si los días anteriores a Navidad se suelen ver más o menos llenos los comercios y tiendas, el día 24 todo el mundo se echa a la calle, sobre todo los que no han sido previsores y han dejado como de costumbre todo para el final. Recuerdo haber estado un 24 de Diciembre en Santiago de Chile y haber salido a la ciudad sólo para ver el gentío y la fiesta. No se podía caminar, te tropezabas con gente cargando bolsas y más bolsas, entrando y saliendo de las tiendas. Los vendedores atareadísimos pero felices. Así como al día siguiente hay un gran silencio alrededor de las tiendas y los supermercados. Lo que se compró y se compro y lo que no, se quedó sin vender.

Que este día y esta noche
se derrame sobre nuestras familias
la paz que anunciaron los ángeles:
Paz a los hombres que ama el Señor.


Brindemos con nuestro vino y con nuestra comida de Navidad por la venida del Hijo de Dios. Si algún día tenemos razón para estar felices es el día de Navidad. Ha llegado la salvación en ese niño Dios, ha venido para todos.

¡Feliz Navidad para todos:
para los buenos y para los menos buenos!
Porque para todos viene Dios,
Ojalá que estos días
nos volvamos hombres de buena voluntad
Que haya más bondad, más sonrisas,
Más amor, más generosidad.
Y no olvidarnos de dar las gracias
Al protagonista de la fiesta, a Jesús.


Una invitación urgente: Así como sacamos a la calle en grandes botes la basura de la casa y del jardín, en estos días recojamos toda la basura de nuestro corazón: todos los rencores, todos los desalientos y desesperaciones, todos los malos sentimientos de envidia, de pereza, de vanidad y arrojémoslos bien lejos de nosotros. Disfrutemos de un corazón puro y lleno de amor hacia los demás. Démonos ese regalo y démoselo a Jesús.

Algunos van a necesitar un trailer para tanta basura del corazón. Bien, pidan un trailer para vaciar lo de tanta miseria y pidan otro para llenarlo de los regalos que El Niño Dios nos trae del cielo, como es la caridad, la bondad, la pureza, la confianza….

Cuanto trabajan los carteros en estos días de Navidad!
¡Cuanta felicidad y cuantos buenos deseos
se mandan los hombres unos a otros!
¿Quién no recibe una dos, decenas de tarjetas de Navidad?


Y todas las tarjetas tienen el mismo o parecido texto en los diferentes idiomas, un texto de felicidad, de amor. Todos son buenos sentimientos y buenos deseos. Como si de repente fuera verdad aquello de amaos los unos a los otros como Yo os he amado.


De tanto desear a los demás que lo pasen bien, algo se les pega, y realmente lo pasan mejor.
Y, así, se cumple una ley muy importante:
Feliz es el que regala felicidad,
el que desea sinceramente ver a los demás felices.


Es cierto que la felicidad se encuentra tratando de hacer felices a los demás. Decía el psicólogo Adler, discípulo del famoso Freud, que para curar la tristeza profunda había que hacer durante dos semanas un favor cada día a otra persona. Si alguno sufre de esta clase de tristeza puede hacer el experimento, un favor o un acto de bondad cada día a otra persona, durante dos semanas.

Imagínense lo que fue la vida de Cristo, cuando san Pedro la definió así: Pasó haciendo el bien. No dos semanas ni un acto de bondad cada día, sino toda una vida y actos de bondad a cada momento. Ese es el Dios Amor. Si ese Dios viene en Navidad, nuevamente pasará haciendo el bien a todos los hombres y a todas las familias que le abran la puerta.

Ahora pensemos que Dios viene en la pobreza, como un niño necesitado de cariño y atenciones. Ahora es el momento de tener caridad con Dios, de hacer con él al menos un acto de bondad cada uno de esos días. Sería muy triste que le ofreciéramos como toda mansión una cueva llena de suciedad y telarañas. Ofrezcámosle el calor de nuestro corazón, la amistad más entrañable a nuestro mejor Amigo.

Yo quisiera desde aquí
Enviar mi mejor deseo de feliz navidad
A los que no reciben una tarjeta,
A los que pasan la Navidad tras las rejas o en soledad…
O en una cama de hospital.
Dios irá también al hospital,
A la cárcel, a los caminos solitarios


Dios viene para todos. No te sientas excluido. A un ladrón que le pidió *Acuérdate de mí, cuando estés en tu Reino*, le respondió: Hoy estarás conmigo en el paraíso. Si te sientes pecador, recuerda que El dirá cuando sea adulto: Hay más alegría por un pecador que se convierte que por noventa y nueve que no necesitan convertirse.
Indudablemente que los que más pueden alegrar en esta Navidad a Dios son los que se arrepienten de su mala vida y se convierten a Él. Si alguna vez lo piensas hacer, ¿por qué no ahora? Y si dices que ahora no, ¿por qué dices que más adelante? ¿Tendrás tiempo, tendrás deseos de hacerlo? Es mejor enfrentar a Dios como niño que enfrentarlo como Juez. El tribunal de la misericordia es mejor que el tribunal de la justicia. Jesús viene es esta Navidad no como juez sino como Salvador, viene como Misericordia hecha carne de niño.

Dios se sabe el nombre de todos los infelices…
Y a todos les quiere dar su paz…
Si le abren la puerta del corazón. 


No pide dinero, no pide grandes cosas; pide un poco de humildad y un poco de amor. ¿Quién no se lo puede dar? ¿Quién no se lo quiere dar? Lo poco que pide está en grande contraste con lo que nos da. El ciento por uno y la vida eterna. ¿Quién da más? Si Cristo asistiera a una subasta, ganaría todas, porque nadie se atreve a superar su oferta. Pues en esa subasta estamos. Cristo ofrece el ciento por uno a todos los que dejan algo por su Reino, además de premiar con la vida eterna.
Yo creo que los que dan las espaldas a Cristo son más tontos que malos, porque si creyesen en la oferta, todos se quedarían. Fíjate bien, si estás alejado de Cristo eres más tonto que malo, aunque seas también malo. Es demasiado lo que te pierdes, pero eres libre de perderlo y de seguirlo perdiendo. Si has estado toda una vida alejado de Dios, has perdido demasiado, demasiada paz, alegría, realización. Pero eres libre de seguir perdiendo demasiado por el resto de tus días. Tú verás lo que haces. Dios te ama, pero no te obliga, Dios te ofrece el cielo y la felicidad, pero no a la fuerza. Si quieres…

Hay que decirlo muy alto y muy claro: la mayor desgracia, la peor locura, la máxima torpeza es perder a Dios y su cielo para siempre. Los que viven habitualmente en pecado están en esta lista, a menos que tengan tiempo y humor para arrepentirse y volver a Dios.
Es precisamente el dueño de ese cielo el que lo ha dicho para el que lo quiera escuchar: ¿De qué le sirve al hombre ganar todo el mundo, si pierde su alma?

Te encuentras por la calle, corriendo a tu derecha e izquierda en la autopista, en el súper, a miles de gentes que se matan por ganar algunos centavos más y no mueven un dedo por el cielo, más aún miran con desprecio a los que alaban a Dios, a los que van a las iglesias, a los que invocan a María. ¿Quién les convencerá de que están en un grave error?

Los verdaderamente ricos no son los millonarios de dólares, sino los que aman a Dios, los que escuchan humildemente su palabra, los que tratan con todas sus fuerzas de cumplir sus mandamientos, los que se esfuerzan sinceramente en vivir la Navidad. Dios de los ejércitos se disfraza de niño, por eso se le puede pisar o empujar o despreciar. Pero han de saber todos que ese niño débil, impotente, que llora y tiene frío es el que ha creado los cielos y la tierra y todas las riquezas del mundo. Yo prefiero ser amigo de él que de los millones de dólares.

¡Qué contraste tan brutal ofrecen los santos, que se han despojado de todo, que han dejado todas las cosas para quedarse con Jesús sólo. Mi Dios y mi todo. Quien a Dios tiene nada le falta. Solo Dios basta. Sé en quien he creído y estoy muy tranquilo. Nos has hecho, Señor, para ti y nuestro corazón estará insatisfecho hasta que descanse en Ti.
Cristo es mi Dios, mi gran amigo, mi compañero, mi Padre, mi grande y único amor y la única razón de mi existencia.

Por último quiero recordar aquel soneto verdaderamente inspirado y además tan verdadero:
No me mueve, mi Dios, para quererte, el cielo que me tienes prometido, ni me mueve el infierno tan temido, para dejar, por eso, de ofenderte. Tú me mueves, Señor, muéveme el verte, clavado en una cruz y escarnecido; muéveme ver tu cuerpo tan herido, muévenme tus afrentas y tu muerte. Muéveme, en fin, tu amor, y en tal manera que, aunque no hubiera cielo, yo te amara y aunque no hubiera infierno, te temiera. No me tienes que dar porque te quiera, pues, aunque lo que espero, no esperara, lo mismo que te quiero, te quisiera.

Cada uno tiene que decir su propia oración a Jesús, o su propio villancico en esta Navidad. Tú tienes que decirle, como los sanos, en tus propias palabras: Mi Dios y mi todo. Me quedo contigo.

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