martes, 13 de octubre de 2015

Orar no es lo mismo que repetir frases mecánicamente

Consideraciones para alcanzar la oración que sí funciona, 6ª Parte


Por: Diana R. García B. | Fuente: elobservadorenlinea.com 




«Al orar no multipliquen las palabras como hacen los paganos, que piensan que por mucho hablar serán atendidos. Ustedes no recen de ese modo...» (Mt 6, 7-8)

En su libro Catolicismo y Cristianismo, el telepredicador Jimmy Swaggart dice que el Rosario «fue copiado de los hindúes y los mahometanos. Recitar oraciones repetitivamente es una práctica pagana y está condenado explícitamente por Cristo». Éste y muchos otros practicantes del protestantismo gustan de tomar la cita bíblica de Mateo 6, 7 para criticar las fórmulas oracionales empleadas por la Iglesia, pasando por alto que el Nuevo Testamento exalta la oración insistente:
  • «Le suplica [Jairo a Jesús] con insistencia, diciendo: "Mi hija está a punto de morir; ven, impón tus manos sobre ella, para que se salve y viva"» (Mc 5, 23).
  • «Éstos [ancianos que pedían a Cristo la curación del siervo del centurión], llegando donde Jesús, le suplicaban insistentemente diciendo: "Merece que se lo concedas"» (Lc 7, 4).
  • «Así pues, Pedro estaba custodiado en la cárcel, mientras la Iglesia oraba insistentemente por él a Dios» (Hch 12,5).
  • «Noche y día le pedimos [a Dios] insistentemente poder ver vuestro rostro y completar lo que falta a vuestra fe» (1 Tes 3, 10).
El Padrenuestro, sí o no
Orar insistentemente por una cosa es repetir una y otra vez lo mismo. Volver a las mismas palabras no tiene en sí nada de malo, defectuoso o inútil. De hecho, el mismo Señor nos dejó la oración del Padrenuestro para que la repitamos toda nuestra vida: «Vosotros, pues, orad así: Padre nuestro que estás en los cielos...» (Mt 6, 9ss).
Pero algunos hasta dicen que el Padrenuestro es sólo una «oración modelo» para inspirarnos a hacer nuestra propia oración, sin fórmulas escritas ni memorizaciones, y que sólo de este modo evitaremos caer en el «pecado» de la vana repetición.
La enseñanza de Jesús
¿A qué se refiere Cristo al desaconsejarnos orar multiplicando las palabras «como hacen los paganos, que piensan que por mucho hablar serán atendidos» (Mt 6, 7)? Responde Fernando Sales-Mayor en Apologética.org:

«Jesús... no condena las oraciones repetitivas judías, de las cuales había muchas. Por ejemplo, el libro de los Salmos es una colección de himnos y oraciones usadas repetidamente en celebraciones judías en las cuales el mismo Jesús participaba. Uno de los salmos, el 136, es en sí mismo una oración repetitiva, en forma de letanía. La Pascua, celebrada por Jesús antes de su crucifixión, incluía oraciones fijas que eran repetidas anualmente, entre ellas los salmos del 113 al 118. A continuación de la Última Cena, Jesús fue al huerto de Getsemaní y oró la misma oración tres veces seguidas (cfr. Mt 26, 39-44). Así pues, también Él recurrió a la oración repetitiva.
«En Mt 6, 7-8 Jesús nos previene contra las prácticas de oración de los paganos, quienes tenían una visión mágica de la oración y cuyas oraciones repetitivas Él sí condenó... Pero no condena la mera repetición sino la charlatanería de los paganos. ¿Qué tipo de charlatanería practicaban los paganos? Miremos en 1 Reyes 18, 26-29, donde los profetas paganos en el monte Carmelo trataban de invocar a Baal durante todo el día, invocando repetidamente su nombre y llevando a cabo danzas rituales: "Pero no se oyó ni una respuesta"...
«Las oraciones de los profetas paganos eran vanas porque, después de pasar el día entero llamando desesperadamente a Baal, éste nunca les respondía. No era un dios real, a diferencia del Dios de Israel, que siempre responde a la oración sincera. El argumento de Jesús en Mt 6, 7 es que no necesitamos -como hacían esos paganos- pasarnos todo el día saltando sobre altares, cortándonos con cuchillos o delirando para ser escuchados por nuestro Padre del Cielo. Él escucha nuestras oraciones al margen de qué tipo de oración sea, larga o corta, compuesta o improvisada, en grupo o individual, repetitiva o única; eso sí, siempre y cuando sea sentida, entendida, y no "de corridillo", en cuyo caso es vana, vacía, reducida a palabrería».
Repeticiones «espaciadas»
Entonces, pues, al rezar no se falla por emplear oraciones escritas o aprendidas de memoria. Tampoco si nuestro rezo emplea palabras repetitivas; de hecho, la manera más fácil de hacer una oración perseverante es repitiéndola. Y al argumento de algunos de que, si nuestra oración es la misma, al menos debemos espaciarla en el tiempo para que no sea repetitiva, responde Sales-Mayor: «Dios está por encima del tiempo, le da igual que le pidamos lo mismo cada quince segundos que cada mucho rato»; y añade que conviene hacer esa oración sin espaciarla pues así «en un tiempo razonable presentamos nuestra oración más veces, mientras que al rezar un Avemaría cada mucho rato, difícilmente nos permitiría rezar el Rosario entero en un día, aparte de que interrumpiría constantemente nuestras actividades. San Pablo dice que tenemos que orar constantemente (cfr. 1Tes 5, 17); no dice "orar con moderación, no sea que nos repitamos", lo cual es inevitable en la oración continua».
Por su parte, el padre Jordi Rivero, en Corazones.org, dice que en Mateo 6 Jesús también nos advierte de la vanagloria que obstaculiza la auténtica oración: «Siempre hay la tentación en quien reza de creerse mejor que los demás por el hecho mismo de rezar. En el tiempo de Jesús los fariseos desarrollaron una élite religiosa con prácticas y rezos que eran inaccesibles al hombre común. Por eso se creían superiores. Repetían palabras en la oración poniendo más importancia en sus propios logros que en el don de Dios. Su pecado era la soberbia. "Algunos... se han dado a vanas palabrerías; pretenden ser maestros de la Ley, cuando no saben lo que dicen, ni lo que rotundamente afirman" (1 Tim 1,6-7).
«Podemos ver en este contexto por qué Jesús critica a los "que se figuran que por su palabrería van a ser escuchados". Se trata de palabras que no surgen del corazón, a lo que hoy llamamos rezar "de la boca para afuera". Éstos ponen su confianza en el poder de sus propias palabras más que en Dios».
¿Oración o magia?
En realidad hay muchos hoy que siguen poniendo su confianza en las palabras, en lugar de ponerla en el Señor; caen, así, en la práctica de la magia, puesto que la magia pretende utilizar recursos (oraciones, ritos, etc.) que, se supone, guardan en sí mismos un poder tan grande sobre Dios que Él no puede resistirse. Así, las famosas cartas en cadena -ya también las hay por internet-, las populares imagenes en las redes sociales que invitan a publicarlas o a contestar amén como fórmla para "garantizar" obtener el favor requerido  y las novenas "infalibles" para obligar a Dios a conceder un favor -«pida un deseo de negocios y dos imposibles», dice una de las cadenas más famosas- son magia y, por tanto, pecado de superstición, porque pretenden conseguir un resultado garantizado con sólo repetir mecánicamente una serie de palabras, sin necesidad alguna de conversión.
Así, cualquier oración hecha en forma distraída es una total pérdida de tiempo. Santa Teresa advierte que cualquier oración vocal requiere «advertencia», es decir, tener clara conciencia de lo que se está diciendo en el momento mismo en que se dice, además de hacerlo con una actitud básica de amor a Dios. Reuniendo estas condiciones cualquier oración repetitiva es tan meritoria como una oración espontánea, y, por tanto, puede acercarnos a la vida en el Cielo, donde esperamos, con los cuatro vivientes del Apocalipsis, repetir «sin descanso día y noche: "Santo, Santo, Santo es el Señor Dios del Universo, aquel que era, que es y que ha de venir"» (Ap 4, 8).

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