lunes, 17 de octubre de 2011

Evangelio 17 de Octubre de 2011


  • Primera Lectura: Romanos 4, 20-25
    "Está escrito también por nosotros, a quienes se nos acreditará, si creemos en nuestro Señor Jesucristo"
    Hermanos: La fe de Abrahán no se debilitó a pesar de que, a la edad de casi cien años, su cuerpo ya no tenía vigor; y, además, Sara su esposa no podía tener hijos. Ante la firme promesa de Dios no dudó ni tuvo desconfianza; antes bien, su fe se fortaleció y dio con ello gloria a Dios, convencido de que él es poderoso para cumplir lo que promete. Por eso, Dios le acreditó esta fe como justicia.
    Ahora bien, no sólo para él está escrito que se le acreditó, sino también por nosotros, a quienes se nos acreditará si creemos en Aquél que resucitó de entre los muertos, en nuestro Señor Jesucristo, que fue entregado a la muerte por nuestros pecados y resucitó para nuestra justificación.
  • Interleccional: Lucas 1
    Dichoso el hombre que confía en el Señor.

    Dichoso aquel que no se guía por mundanos criterios, que no anda en malos pasos ni se burla del bueno, que ama la ley de Dios y se goza en cumplir sus mandamientos.
    R. Dichoso el hombre que confía en el Señor.

    Es como un árbol plantado junto al río que da fruto a su tiempo y nunca se marchita. En todo tendrá éxito.
    R. Dichoso el hombre que confía en el Señor.

    En cambio los malvados serán como la paja barrida por el viento. Porque el Señor protege el camino del justo y al malo sus caminos acaban por perderlo.
    R. Dichoso el hombre que confía en el Señor.
  • Evangelio: Lucas 12, 13-21
    "¿Para quién serán todos tus bienes?"
    En aquel tiempo, hallándose Jesús en medio de una multitud, un hombre le dijo: 
    «Maestro, dile a mi hermano que comparta conmigo la herencia».
    Pero Jesús le contestó: «Amigo, ¿quién me ha puesto como juez en la distribución de herencias?».
    Y, dirigiéndose a la multitud, dijo: 
    «Eviten toda clase de avaricia, porque la vida del hombre no depende de la abundancia de los bienes que posea».
    Después les propuso esta parábola: 
    «Un hombre rico tuvo una gran cosecha. Y se puso a pensar: ¿Qué haré?, Porque no tengo ya en dónde almacenar la cosecha. Ya sé lo que voy a hacer: derribaré mis graneros y construiré otros más grandes para guardar allí mi cosecha y todo lo que tengo. Entonces podré decirme: “Ya tienes bienes acumulados para muchos años; descansa, come, bebe y date a la buena vida”. Pero Dios le dijo: 
    “¡Insensato! Esta misma noche vas a morir. ¿Para quién serán todos tus bienes?” Lo mismo le pasa al que amontona riquezas para sí mismo y no se hace rico de lo que vale ante Dios».

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